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Friday, May 13, 2011

La última semana...

"La ultima semana beatificamos un papa, casamos un príncipe, hicimos una cruzada y matamos un moro. ¡Bienvenidos a la Edad Media!"
(Mariano, oyente de "La Venganza Será Terrible", con Alejandro Dolina - Radio Nacional AM870)

Tuesday, May 3, 2011

La mirada condescendiente (No entendí "Liquid Sky")

A ver. Para mí se cae de maduro que existe una relación entre fuerza, masa y aceleración. Sé que esa relación tiene una expresión matemática sencilla, elegante. Sé además que esa relación se denomina "Segunda Ley de Newton".
Sé estas cosas porque me las estudié de chico y de mediano y de grande y hoy en día me dan de comer a mí y a mi familia. Entender estas relaciones, digo. Unas poquísimas leyes de la Naturaleza. En realidad lo que nos da de comer es la búsqueda de intríngulis nuevos, o la búsqueda de respuestas a estos intríngulis.
Una cosa es segura: jamás de los jamases daría por supuesto que quien desconozca este tipo de cosas se merezca un trato diferencial o una media sonrisa. Creo que son cosas que están al alcance de todo entendimiento (son ni más ni menos que fruto del intelecto humano), de toda persona un poco compleja y un poco curiosa. De cualquiera.
Con las artes, sin embargo, sucede algo distinto. Y especialmente con las artes que se anastomosan con la industria: el cine, la música, el teatro en menor medida. Existen, me parece sentir, castas y descastados. Existe una mirada de condescendencia por parte de la gente "culta" hacia quienes somos meros consumidores, aún hacia aquellos que somos lo suficientemente curiosos como para despellejar la filmografía de Scorsese (que es, convegamos, un director de masas: Un director "pop"), por decir algo. O de David Lynch. O de Coppola, padre e hija. No dejamos de ser consumidores y me parece que para quien ha abrevado de las mieles de la elevada teoría cinematográfica, las butacas en el cine serían algo así como un mal necesario.
Ni cerca estoy de proponer una tesis que pase por calificar de bodrios a películas ininteligibles para mí como la fascinante "Liquid Sky", o por poner en plano de igualdad a Indiana Jones con el cine de Jim Jarmush. Tal vez es la propia inseguridad: percibo una corriente despectiva. Como si me estuviera perdiendo de algo cuando veo cine, y esa pérdida sólo fuera explicable por la falta de un ojo extra en el medio de la frente que otros tienen y yo no.
Efectivamente es así: el cine tiene un leguaje complejo (mucho más complejo y difuso que el de la Física) del cual los no iniciados captamos quizás un mísero porcentaje. Faltaría que nos dieran una palmadita en la espalda cuando pagamos la entrada. No elegirías, oh persona culta, a un lego para ir a disfrutar de una película "rara", porque esas películas están rodadas para un selecto grupo de "gente sesuda". Es una actitud endogámica, cruel, egoísta y xenófoba. Es como si uno despreciara al otro porque no sabe que la integral es la antiderivada. Es incluso peor porque el lenguaje matemático es más arcano: en el cine al menos hay un hecho dramático, un devenir narrativo. Y en tanto espectador cualquiera tiene derecho a aburrirse como ostra o a emocionarse sin saber ni siquiera por qué. Porque es arte, porque cualquiera, en tanto humano, tiene el derecho de moquear ante los sueños de Kurosawa, porque toca vaya a saber qué fibras en el hipotálamo. Y tal vez a partir de eso, el mencionado idiota se decida a explorar un poco más y hayamos ganado un alma para el Paraíso.
A mí me encantó "Inception" y me pareció un bodrio "El aroma de la papaya verde". Hubo, en el pasado, gente muy generosa que me mostró un poquito del lenguaje de la cámara y de la luz. Hubo gente generosa que me enseñó algunos trucos narrativos, a verlos, a prestar atención para no caer en trampas y para poder entender cuándo hay una chispa de genio. Lo hacían, pienso, porque disfrutaban de compartir aquello que los apasionaba.
A esa gente generosa le agradezco el haberse ahorrado la condescendencia, y les pido disculpas porque todavía me obsesionan los monstruos.
Aunque creo que ellos entenderían que ahí, entre los monstruos que hechizan a doscientos silenciosos espectadores, también puede haber genialidad.

Abrazos